lunes, 3 de octubre de 2011

La Experiencia Mística y La Contemplación Infusa

 La Experiencia Mística y La Contemplación Infusa

 

    Las expresiones “experiencia mística” y “contemplación infusa”, por distintas razones, se prestan a confusión, ya que son utilizadas para expresar realidades espirituales diversas.

    Vamos a sintetizar este tema, para comenzar a abordar el sentido de este artículo. Una primera definición muy importante nos dice que la mística como hecho psicológico es, ante todo, una experiencia de lo divino. Por esta razón más que de “mística” es conveniente hablar de “experiencia mística”.


    Ahora bien, podemos preguntarnos: ¿en qué consiste propiamente esta experiencia espiritual, y qué la origina?

    La respuesta a estas cuestiones es muy clara: se produce la experiencia mística cuando la persona vive la actuación de los dones del Espíritu Santo, es decir, su inteligencia y su voluntad son informadas y movidas directamente por las mociones del Espíritu Santo, que reemplazan el modo natural humano de actuar.

    Es por esta razón que se expresa que en la experiencia mística el cristiano actúa al “modo divino”, sin utilizar su raciocinio en la forma discursiva natural humana, sino que es impulsado por el “instinto sobrenatural” que recibe por la actuación de los preciosos dones del Espíritu Santo.

    Recordamos aquí que los dones del Espíritu Santo pueden ser presentados como si fueran “antenas” espirituales, que captan las mociones que vienen del Espíritu Santo, las que actúan sobre la inteligencia (dones de Inteligencia, Ciencia, Sabiduría y Consejo) o sobre la voluntad (Sabiduría, Fortaleza, Piedad y Temor de Dios), de manera que el cristiano ejecuta los actos derivados de las virtudes cristianas no movido por su manera de obrar humana, sino al modo divino.

    Para mejor entender este mecanismo, hay que recordar que la gracia santificante incorpora al cristiano un doble sistema de nuevas capacidades sobrenaturales, es decir, que no contaba con ellas en su naturaleza al venir al mundo: las virtudes cristianas y los dones del Espíritu Santo.

    Las virtudes cristianas o infusas (teologales: fe, esperanza y caridad, y cardinales: prudencia, justicia, templanza y fortaleza) son nuevas capacidades que actúan sobre las facultades humanas. Auxilian a la inteligencia la fe y la prudencia, y a la voluntad las demás, expandiendo y ensanchando su acción, disminuida y enferma por el pecado original.

    Estas virtudes obran al modo humano cuando son gobernadas por la propia razón del hombre, o también al modo divino cuando las guían las mociones del Espíritu Santo captadas a través de la acción de los siete maravillosos dones.

    Es en este último caso que se dice que el cristiano ha entrado en el “estado místico”, en el cual los actos que realiza a través de la acción de las virtudes infusas o cristianas son movidos directamente por el Espíritu Santo, por supuesto con la cooperación y aceptación libre y voluntaria del sujeto.

    Cuando esta operación de los dones es más o menos frecuente y habitual, nos encontramos entonces en presencia del cristiano perfecto, el santo, el “hombre espiritual”, el “hombre nuevo”, que son todas denominaciones equivalentes para expresar una misma realidad: una persona que reproduce en sí misma, en sus sentimientos y actitudes, al mismo Cristo, y que puede expresar con propiedad, al igual que San Pablo: “Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gálatas. 2,20).

    El santo ya no es gobernado en sus actos por su modo humano de obrar, con primacía de sus propios razonamientos y sentimientos, sino que pasa a tener un “modo divino” en sus acciones, producido por el gobierno directo de las mociones de Dios, a las que se presenta dócil y obediente por su elección personal.

    Muy probablemente por esta razón los santos son vistos por las demás personas en muchos aspectos como locos, o al menos como un poco chiflados, porque en su comportamiento se apartan de la lógica humana y de las actitudes habituales del mundo. Lo que ocurre es que su mirada se eleva y va mucho más lejos de los demás, captando y siguiendo los designios de Dios para sus vidas y para el entorno que los rodea, que normalmente no son percibidos por los hombres que no tienen la suficiente apertura espiritual a Dios.

    Así, tan sencilla pero a su vez tan grandiosa y sobrenatural es lo que llamamos con propiedad “experiencia mística”. ¿Dónde aparece esencialmente la confusión en este tema?: es en un aspecto muy puntual, en cuanto a lo que se refiere a ciertos fenómenos extraordinarios que muchas veces son concomitantes con la experiencia mística, pero que obedecen a causas distintas a la acción profunda de los dones del Espíritu Santo, que sí forma parte del desarrollo normal y ordinario de la gracia santificante.

    Es muy común creer que la experiencia mística consiste primariamente en la manifestación más o menos intensa de estos fenómenos extraordinarios, que, como su nombre lo indica, están fuera del camino ordinario de la mística. El origen de estos fenómenos se encuentra en las “gracias dadas gratis”, que se distinguen de la gracia santificante y su cortejo de virtudes infusas y dones del Espíritu Santo, que son permanentes, por consistir en mociones temporarias o transeúntes del Espíritu Santo, que no se ordenan de suyo a la santificación de quien las recibe, sino que concurren al provecho de otros y a la edificación de la Iglesia.

    Tales fenómenos, entre los que encontramos los de orden intelectual, como visiones, locuciones, profecía, etc., y otros de orden físico, como la estigmatización, la levitación, el ayuno prolongado, la luminosidad de los cuerpos, y muchos otros, pueden o no darse en las vidas de los santos abiertos por completo a la acción de Dios. Su objetivo primordial es mostrar la presencia y la acción sobrenatural de Dios en el mundo, su poder para derogar las leyes naturales, de manera de hacer más eficaz la evangelización y la conversión de los ateos e incrédulos.

    Queda así aclarado el sentido del primer término que nos planteamos, la “experiencia mística”.

    Abordaremos ahora el significado de otra expresión que tiene también distintas acepciones con significados bien diferentes: la contemplación.

    Nosotros nos vamos a referir a lo que se denomina “contemplación infusa”, es decir, que no puede ser lograda por el ejercicio del cristiano, sino que es solamente infundida por Dios, según su libérrima voluntad.

    La contemplación así entendida consiste en una simple intuición de las verdades divinas, producida por la virtud de la fe, llevada a su perfección por los dones de entendimiento, ciencia y sabiduría. Estos dones, denominados “dones intelectuales” porque son los que actúan sobre el entendimiento humano, son los que permiten que las verdades reveladas por Dios sean captadas a modo de una “intuición divina”, es decir, sin el proceso humano normal del razonamiento, con la iluminación perfecta que la virtud de la fe recibe de estos tres dones.

    Por este motivo esta contemplación se llama “infusa”, dado que es inspirada directamente por el Espíritu Santo a la inteligencia del hombre, que se encuentra en ese momento en estado pasivo, sin que haya de por medio un proceso de razonamiento.

    La luz de la contemplación, que de pronto muestra con total claridad, por ejemplo, el sentido profundo de una Palabra de Jesús de un Evangelio, actúa así como un “flash”, que en un momento dado “muestra” lo que Dios quiere dar a conocer en ese momento.

    Quien vive este “flash” de la contemplación no razona, sino que simplemente “contempla” con una mirada espiritual, y todo resulta claro y diáfano, lo que ni aún el más insigne teólogo puede captar a partir de su razonamiento ayudado por la virtud de la fe, ya que encuentra los obstáculos propios de su naturaleza humana que impiden a la fe actuar en estado perfecto.

    Lo que no puede evitar el que vive la contemplación es de tomar conciencia que lo que viene a su mente es algo externo, algo que no proviene de su razonamiento ni esperaba recibir. Es muy clara la certeza de que lo que “contempla” proviene directamente del Espíritu Santo.

    Lo que hemos descripto nos lleva a una de las conclusiones más relevantes para la vida del cristiano: si bien la contemplación infusa es una experiencia que se va abriendo paso en los momentos de oración, no queda simplemente como un grado de oración más, sino que comienza a impregnar todos los momentos de la vida del santo.

    Podríamos entonces decir que la oración constituye la “escuela” donde se va avanzando en la predisposición que ayuda a que se manifieste la experiencia de la contemplación infusa, pero luego los dones del Espíritu Santo obran sobre el entendimiento en cualquier circunstancia en que el hombre espiritual necesita de ellos y el Espíritu Santo acude en su auxilio.

 

    Estamos ahora en condiciones de ver la diferencia con la acepción de “contemplación” que se utiliza comúnmente: se define con este nombre a un tipo de oración que corresponde al segundo grado de oración, la oración de meditación. Por eso se lo denomina también “contemplación adquirida”, ya que es el resultado de la meditación de las verdades de Dios, a partir de la actividad intelectual del orante, auxiliada por la gracia a través de la virtud de la fe.

    Así encontramos que entre la contemplación infusa y la meditación denominada comúnmente “contemplación” existe una diferencia de naturaleza. En la meditación está en manos del orante su ejercicio, mientras que la contemplación infusa no depende de nosotros sino que proviene de una inspiración especial mandada por el Espíritu Santo a través de la acción de sus dones.

    La “contemplación adquirida” también recibe el nombre de “contemplación ignaciana”, porque constituye la base de los ejercicios espirituales de San Ignacio.

    Por lo tanto, los caracteres que comúnmente se asignan a la contemplación, que marcan una oración de meditación extensa, con diversas consideraciones, en un ambiente de silencio y recogimiento, no son los que definen la “contemplación infusa”, por lo que, como decíamos al principio, se producen muchas confusiones al respecto.

    Como conclusión estamos ahora en condiciones de entender con mayor claridad que significa realmente la vida mística: es la etapa del crecimiento espiritual en la que el cristiano experimenta de un modo más o menos frecuente la acción de los dones del Espíritu Santo.

    Los dones intelectuales (inteligencia, ciencia y sabiduría) actúan sobre su entendimiento llevándolo a la contemplación infusa, es decir, a captar de una sola mirada intuitiva el significado de los misterios de la vida cristiana.

    Vida mística y contemplación pasan a ser parte integrante de la vida del santo, y no se refieren solamente a sus momentos de oración propiamente dichos. Es así que excluimos de nuestro concepto de vida mística todas las manifestaciones extraordinarias, que, si bien a veces se producen en forma conjunta con la experiencia mística, no la definen como tal.

    Queda manifiesto así en forma clara, creemos, los errores en que el grueso de las personas incurre cuando habla de “experiencia mística” o de “contemplación”. Es una verdad de la doctrina cristiana que todo fiel que pone su disposición para avanzar en la vida espiritual llegará a la vida mística y a la experiencia contemplativa, porque forman parte del camino ordinario del desarrollo de la gracia santificante recibida en el Bautismo, pero en cambio será el Espíritu Santo que reservará para ciertas almas escogidas las manifestaciones extraordinarias.

    La disponibilidad de la experiencia mística para todo cristiano, que fue la base de la teología mística clásica, hoy no se pone en duda, y está avalada por los principales teólogos. Sin embargo, existió un período en que no fue de esta manera. A principios del siglo XVII comenzaron a aparecer doctrinas que propugnaban la división del camino del crecimiento espiritual, considerado hasta entonces como una unidad, con continuidad entre la primera etapa, o fase ascética, en que se ponía el énfasis mayor en la purificación y la lucha contra el pecado, y la fase mística, con la aparición de la contemplación infusa y la acción de los dones del Espíritu Santo.

    Estas nuevas doctrinas consideraban que existía una dualidad de vías en el crecimiento espiritual, la vía ascética, como camino normal y ordinario que todos deben recorrer, y la vía mística, que constituye un camino anormal y extraordinario por el que Dios puede llevar a algunos elegidos.

    Se perdió así de vista la teología de los dones del Espíritu Santo, entrándose en una confusión que, en definitiva, lo que hizo fue afirmar en el consenso general que la experiencia mística era algo absolutamente extraordinario y excepcional, y que incluso era temerario buscarla para el cristiano común.

    Fue recién a fines del siglo XIX y principios del XX que se produjo lo que se conoce como la restauración de la Teología Ascética y Mística tradicional, a partir de los trabajos de grandes teólogos como Juan Arintero, Reginald Garrigou-Lagrange, P. Gardeil, P. Lamballe, Adolphe Tanquerey, Jacques Maritain y Antonio Royo Marín, entre tantos.

    Se retoma con fuerza a partir de estos grandes autores el concepto de que la experiencia mística, como acción de los dones del Espíritu Santo sobre las virtudes cristianas, y de la contemplación infusa producida por los dones intelectuales, forman parte del camino habitual y ordinario del crecimiento espiritual del cristiano en su avance hacia la santidad plena.

Como consecuencia de esto, se asume que este camino está al alcance de todo cristiano que persevere en él, y esté dispuesto a afrontar las exigencias del mismo.

    En función de todo lo analizado observamos que la noción del santo, del “hombre nuevo” transformado por la gracia de Dios en una nueva criatura, sale de la dimensión un poco extravagante y tan alejada de las personas “comunes” en que se lo sitúa al ubicarlo en medio de las manifestaciones extraordinarias de la acción de Dios, las que inclusive producen aprensión y temor, y toma un aspecto mucho más cercano al cristiano común.

    A pesar de esto, la transformación sobrenatural que constituye la esencia del cristianismo, produciendo una vida nueva y plena que cambia completamente el pensar y el sentir de la persona, no deja de ser algo asombroso y de una grandeza incomparable. Pero esto no nos debe hacer perder de vista que es el tipo de vida a la que está llamado cada cristiano, quien, si corresponde con su docilidad y cooperación a la acción de Dios, sin duda la alcanzará.


http://virgendelanus.mforos.com/1664721/8724191-la-experiencia-mistica-y-la-contemplacion-infusa/

 

El Siervo # 236 – oct 2011

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