Sobre La Vida Interior
A continuación las notas del Padre José Luis Abaitua, monje cisterciense, quien ofreció un retiro para los Candidatos y Aspirantes de la Provincia de “Santo Domingo”, en la Escuela de Evangelización Juan Pablo II, durante el fin de semana del 6 – 8 febrero 2009.
Apertura al “don” de Dios
El caminar espiritual es un proceso abierto, en que es difícil determinar hacia dónde conduce. La vida interior consiste en captar, percibir, tomar conciencia de esta acción divina en nosotros. Por una parte, prepararse al encuentro, por otra, predisponerse a recibirlo como un don. La confluencia de las dos fuerzas, la divina y la humana, nos abre a una experiencia que tiene mucho de humano, porque somos los hombres y las mujeres los que “experimentamos”, pero también mucho de sobrenatural, pues es el Señor el que nos da testimonio de Sí mismo en nosotros.
Examinando lo que nos toca a nosotros en el proceso, me gustaría empezar la reflexión que les propongo con la cita de un “apotegma” de los Padres del desierto: los apotegmas son los dichos de los monjes antiguos que se refugiaban en el desierto para buscar a Dios, y en una pequeña frase o historia encerraban toda una experiencia de vida. Dice así:
“El abad Arsenio, cuando todavía estaba en palacio, oró al Señor diciendo: ‘Señor, condúceme a la salvación’. Y escuchó una voz que le dijo: ‘Arsenio, huye de los hombres y te salvarás’. Una vez incorporado a la vida monástica, oró de nuevo con las mismas palabras. Y escuchó que la voz le decía: ‘Arsenio, huye, calla, reposa: estas son las raíces para no pecar”.
Redimensionando la significación de estas palabras para nuestro tiempo, podríamos decir que la sabiduría que encierran debería impregnar todo nuestro actuar, como cristianos comprometidos por su fe.
Huye
Fíjense “huye”. La “fuga mundi”, que tantas veces se interpretó como huida del mundo en cuanto falta de responsabilidad para la edificación del Reino, no significa precisamente inconsecuencia ante el mandato original de Yahvé: “Crezcan y multiplíquense” (Gen 1, 28), sino que la expresión “mundo” hace referencia a la 1 Jn 2, 15-16 (“No amen el mundo, porque todo lo que hay en él es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida”) donde “mundo” equivale a pecado, egoísmo, hombre viejo. Así huir del mundo no significa rehusar la comunión con los demás, sino evitar el egoísmo por todos los medios posibles. Para los monjes antiguos, refugiarse en la soledad del desierto significaba entrar en un ámbito espiritual donde se facilita el encuentro con Dios, al poner todo su esfuerzo ascético al servicio de ese profundo deseo que todo hombre lleva en el corazón: la sed de Absoluto. Era poner en práctica el dicho de Oseas (2,14): “Así, la atraeré y la llevaré al desierto y le hablaré al corazón”.
Lugar del encuentro, pero también lugar de la prueba, donde Cristo fue llevado para ser tentado, triunfando en el mismo lugar en el que el hombre cayera por protestar contra Yahve-Dios (Ex 17,7). La lucha desencarnada con el mal, que en la vida de San Antonio queda descrita como un combate contra terribles fieras, no es más que la atmósfera propia de nuestra naturaleza humana.
Hoy en día, el desierto no se encuentra ya solamente en la soledad, sino en medio del asfalto de nuestras calles. Entre tantos corazones que ya no buscan ni alaban al Señor, se encuentran otros sedientos del agua viva, que mana del costado abierto de Cristo. Encontrar su Rostro en el pobre y humilde supone permanecer sensible a cada signo que El no envía, y por tanto es necesario “huir”, voltear la cara de tantos sucedáneos que se nos ofrecen como felicidad humana: consumismo, placer, prepotencia, egocentrismo, para entrar en el “sancta sanctorum” del propi
“Huye” significa, pues, lucha consciente contra el mal, la mentira, el egoísmo, para aceptar los valores propios del evangelio, los mandatos del Señor, el sistema de valoración de las cosas dictado por la fe. Prepárate para la escucha...
Calla
Y aquí viene el 2o consejo: “calla”. Sugerir predisposición al silencio equivale a subrayar la importancia de la “escucha”. Implica respeto del Absoluto y aceptación de la propia creaturidad. Dios, al crearnos, inicia un diálogo, al que nosotros debemos de responder, después de escuchar. En el respeto del silencio es donde se engendran las respuestas más valiosas. Es lo que la misma Palabra encarnada nos enseña: Cristo Jesús siempre se mantuvo abierto a la voluntad de su Padre, atento a sus menores deseos, pendiente de los signos que envolvían sus adorables designios.
Desde toda la eternidad, Dios expresó su Palabra sustancial. Su único objetivo consistía en que fuera escuchada. ¿Por quién? Por la criatura, naturalmente. ¿Y si no lo fue? Es el drama subrayado por el prólogo de San Juan: “Vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron” (Jn 1, 11). Una palabra no escuchada queda como colgada en el espacio, sin llegar a su objetivo. ¿Qué significa tomar conciencia de la propia fe? Que Dios habló, nos expresó todo lo que quería revelarnos a través de su propio Hijo. Lo cual pide aceptación agradecida, escucha atenta, examen minucioso de todas las implicaciones de su contenido. Jesús nos trajo la Buena Noticia del Reino, y a la vez, nos dio ejemplo de la atención y profunda escucha que deben acompañar a los buenos discípulos.
“Calla”, viene a subrayar, pues, la actitud de atención (a todo lo que viene de arriba), escucha, acogida y generosidad total en el cumplimiento.
Para un seguidor de Jesús que trata de escuchar, ¿qué es lo que oye? “Vengan a mi los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré; tomen mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontrarán reposo para sus almas” (Mt 11, 28-30).
Reposa
“Reposa”, la tercera sugestión de San Arsenio, evoca un ámbito de apaciguamiento, un lugar de recogimiento, un espacio de libertad interior. Es una invitación de nivel superior, de desapego u olvido de lo intramundano, para dar cauce a la experiencia maravillada de sentirse arropado por el Amor. La vida cansa, pues estamos siempre sorteando toda clase de engaños muy sutiles de felicidad, y de repente, se nos da acceso a otro tipo de admirable fruición, al gustar el consuelo que procede del manantial mismo de la paz.
Lo temporal y pasajero es el “negocio”, lo interesado, lo material (crematístico). Es necesario para vivir, pues se nos pidió que hiciéramos rendir la Creación que se nos ponía entre las manos. Para nuestro servicio, no para nuestra esclavitud. Si aprendemos a servimos de las cosas para catapultarnos al Creador, viviremos una relación fundamentada en el amor y en el designio adorable de Dios, que quiso establecer así una comunión con nosotros que llenase todas las expectativas y que nada ni nadie puede suplir. Eso contrario al negocio mundano es el “ocio” de Dios. El da 24 horas sobre 24, ¿por qué no podemos nosotros darle toda la intensidad de nuestro vivir cotidiano?
No es poner la atención que nos reclaman nuestras responsabilidades diarias en lo alto, en Dios. ¿Pero nuestro corazón, nuestro interés, nuestro gozo y agradecimiento? ¿Por qué no pueden estar colgados del Señor en todo instante? Es un fluido vital que circula en las dos direcciones, un chorro de agua viva que salta hasta la vida eterna.
Así pues, el mensaje que recibió Arsenio, allá por el siglo IV, atraviesa el tiempo como una saeta sutil e inmaterial y nos llega a nosotros, laicos del siglo XXI, con una carga llena de espiritualidad, que simplemente ha de adecuarse a nuestra necesidades. ¿Cómo? Poniendo todos los medios para alcanzar los mismos objetivos.
Huye
Calla
Reposa
¿Cómo podríamos huir hoy, en un momento en que se nos reclama la presencia real y efectiva en nuestro entorno; callar, a unos representantes de la denuncia profética; reposar, a quienes tienen conciencia de que es preciso disponerse a la acción para sacar a este mundo de la penuria y recesión económica globalizada?
Hermanos, pienso que no hay contradicción entre las dos invitaciones, pues son de orden diverso. Al padre del desierto se le pedían estas actitudes incluso de una forma literal: por eso las cumplió él y sus seguidores retirándose a la soledad. Pero nosotros debemos permanecer en el mundo, sin ser del mundo. Es decir, lo que ilumina nuestro obrar como hombres y mujeres de este tiempo, es la interioridad, la intencionalidad, la inspiración que acompaña todo el quehacer cotidiano. Es dejarse inspirar por la Palabra de Dios para que todo nuestro actuar se deje impregnar por los valores del Evangelio, se deje guiar por la voluntad de Dios. Y esto de la manera más consciente posible. San Francisco de Sales llamaba a este modo de vivir devoción; llámenle conciencia cristiana, o actitud contemplativa. Siempre querrá expresar un modo de vida en que la fe guía nuestra existencia a un nivel de compromiso tal que solamente el hecho de vivir en comunión consciente con el Padre nos llena definitivamente.
Integración de lo negativo en nuestro camino espiritual
El consejo de “huir” del mundo nos da la oportunidad de reflexionar sobre la realidad del pecado en nuestra vida. ¿Nos hemos reconciliado ya con la idea de que somos pecadores y lo seremos hasta el final? Porque el Bautismo nos ha reportado el beneficio de ser hijos de Dios, pero no nos ha hecho “impecables”. Por otra parte, la formación religiosa nos anima a permanecer en actitud de arrepentimiento permanente, ante nuestro mal obrar, lo cual es correcto, pues no podemos invocar ninguna salvación que no venga de Dios.
Invocar el perdón de Dios constantemente nos permite dejar a Dios ser Dios, pues es el único “perdonador”, a la vez que nosotros nos reconocemos criaturas falibles, dependientes de El. Es poner las cosas en su sitio. Y es también el sentido pedagógico del pecado, mantenernos humildemente en su dependencia, porque siempre estamos necesitados de su acción salvadora. Nosotros permanecemos en un difícil equilibrio entre nuestro ser de hijos de Dios, es decir: santos, y nuestra debilidad como criaturas que tienden al pecado: unas veces la balanza se inclina hacia un lado, otras hacia otra.
Pero a nivel psicológico, podríamos terminar siendo pesimistas de tanto dar vueltas y vueltas a nuestros exámenes de conciencia y nuestras caídas constantes, sin fijamos apenas en el potencial positivo hacia el amor que Dios ha puesto en nuestras manos. Es precisamente eso lo que Cristo nos ha conseguido con su salvación, la conciencia de que estamos hechos para el amor, y que es esta realidad, ayudados por la gracia, la que debe iluminar toda nuestra vida. De hecho, el milagro no es que no pequemos, sino que el milagro consiste en que podamos amar.
Es aquí donde quiero hacerles reflexionar. Siempre hacemos examen de conciencia para confesarnos. Lo cual está muy bien. Pero, para equilibrar un poco, ¿no podríamos hacer de vez en cuando un examen de cuánto amamos a Dios? Porque no podemos ser parciales, y de hecho hay pecado, pero también hay mucho amor... ¿O no?
El pecado es un momento de sinsentido de nuestra vida: como estamos hechos para el amor, ser egoísta es perder el valor de unos instantes de la existencia. Recortamos ese espacio y lo botamos, por falto de valoración. Pero tampoco estamos pecando todo el día: son algunos momentos de ofuscación. Pero, ¿y todo lo demás?
¿Por quien hacemos todo lo que hacemos, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos? Pues, en definitiva, actuamos según las leyes de la naturaleza establecida por Dios. Nos levantamos, nos lavamos, desayunamos, trabajamos, atendemos a nuestras obligaciones: hay aquí mucho ejercicio de responsabilidad. O sea, siempre haciendo lo correcto, según el plan que El ha establecido para cada uno de nosotros. ¿ Y todavía vamos a ser negativos? No puede ser. Es mucho más importante lo que hacemos bien, que los pequeños instantes de error. ¿Y entonces?
Pensemos: si ya hemos botado, por faltos de valor, esos destellos de maldad, todo lo demás de mi existencia lo realizo según el plan establecido por Dios, o sea, única y exclusivamente por su amor. Yo que tengo un espíritu religioso y quiero vivir para Dios, si, fuera del pecado, todo lo hago por su amor, ¿qué me falta para ser místico? Si es que falta algo. No entiendo por “místico” una persona que tiene manifestaciones fuera de lo normal (que esos son dones de arriba que el Señor reparte a quien quiere y cuando quiere), sino una persona que pone a Dios en el centro de sus expectativas, y que lo más importante para ella es vivir en comunión profunda con su Dios. ¿Falta algo para que me de cuenta de que vivo en la presencia constante del Señor o no?
Puede ser que, si falta algo, sea precisamente caer en la cuenta, tomar conciencia de que vivir en “estado de contemplación” es mi atmósfera natural, mi ámbito más deseado y el desarrollo más natural de mi fe. San Pablo nos anuncia que nada ni nadie me puede apartar del amor de Cristo: ¿no será que nos vamos a dejar apartar por distracción, por falta de atención a lo único necesario, por algo que depende de nosotros, cuando nosotros estamos deseando vivir en perfecta comunión con El?
Hermanos, seamos sensatos. Si Vds. pertenecen a la Comunidad de “Siervos de cristo Vivo”, no es para perder el tiempo. Es para ganarlo. En intensidad y significado. El fruto más preciado es vivir desde la fe todos los acontecimientos de nuestra vida e interpretarlos a la luz de la mirada de Dios. ¿Incluso lo malo? Claro. Si recibimos de Dios lo bueno, como no aceptar lo que no lo es. Piensen que Dios siempre tuvo para nosotros planes de benevolencia y felicidad, y si el mal entró en el mundo fue a causa de nuestros pecados: el mal debemos enfrentarlo, aunque no lo entendamos, pero si confiamos en el amor de Dios hasta el final, sabemos que hasta lo negativo El sabe transformarlo para nuestro bien. Así lo hizo con la cruz de Cristo y con nuestras cruces de cada día. Una mirada contemplativa no es una mirada ingenua o simplista, puede estar impregnada de tensión e incluso de dolor, pero siempre será una mirada de paz, profundidad y confianza ilimitada en un Dios que da sentido a toda nuestra vida.
Adquirir el “talante” de Cristo
El segundo consejo de “callar” nos da la oportunidad de escuchar las palabras de Jesús que sintetizan de manera maravillosa todo el mensaje evangélico, mostrándonos en una haz de luz el “talante” del Hijo, para quien quiera vivir como El: las bienaventuranzas. Me gustaría presentarles una síntesis de un jesuita español, el p. Adolfo Chércoles, que me parece profundamente sugestiva.
Cada bienaventuranza toca una dimensión básica del ser humano, que, al exigir una respuesta, pone en juego su realización, su felicidad. La propuesta que encierran se cifra en dos preguntas:
“¿qué les parece?” y “¿si quieres? Sígueme...”
Son una invitación, un consejo, que posibilita la fraternidad objetiva.
1: “Dichosos los pobres de espíritu”
Jesús fue pobre para abarcar a todos los hombres (el lugar más bajo es el más universal).
Renuncia a la riqueza como acumulación. La codicia es absurda e insensata, provoca apego y adoración. Sin embargo, la riqueza compartida, salva.
La vida no se asegura por la posesión de bienes, sino por la búsqueda de Dios y el servicio a los demás
La pobreza de espíritu en cuanto carencia de codicia es lugar teológico de encuentro con el Espíritu.
Jesús nos enriquece con su pobreza, pues esta posibilita la fraternidad objetiva (da vida para los demás).
2: “Dichosos los mansos (no-violentos)”
La vida fluye entre conflictos: el problema consiste en cómo afrontarlos.
Se parte de evitar la agresividad y la intolerancia, pero sin pactar con la mentira, el cinismo o la injusticia.
La mansedumbre propuesta sólo es posible si se supera todo interés personal (las “indignaciones” de Cristo están motivadas por la defensa de los más simples, no por sacar algún provecho...).
Además no implica inhibirse de los problemas, ni una actitud de “bonachonería” a ultranza. Es propuesta de verdad, y la verdad o se impone por la fuerza.
Siempre es opción por la recuperación de los demás, no por la eliminación del incómodo. La vida es apuesta por el otro. Por eso Jesús está dispuesto a perder sus derechos, con tal de que se respeten los de los demás
Frente a agresividad o inhibicibn, se debe dar la asertividad.
La única alternativa al poder es el servicio, y la agresividad lo imposibilita, pues impide la reciprocidad.
3. “Dichosos los ave lloran”
El dolor es una realidad en que la propia voluntad no coincide con la de Dios, pero que, al que sabe “llorar”, no le hace romper con El.
El dolor no se entiende, pero se afronta.
No se le puede dar la espalda, porque te aplasta.
La respuesta de Dios sólo llega cuando ya no hay posibilidad de respuesta humana; como en el Misterio Pascual: fue después de la cruz, que Dios habló, apoyando la acción del Hijo y premiándolo con la resurrección, porque había aceptado el plan con fe.
Jesús no sacraliza el dolor: le horroriza el propio, pero el ajeno no lo puede soportar, sin buscarle remedio.
Si se aprende a afrontar el propio dolor, también nos hacemos sensibles para hacemos cargo del ajeno, para ser compasivos.
4. “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia”
El hombre es un ser de deseos: pero la primera constatación que nos hace Jesús es que la experiencia del deseo es ambigua y tramposa.
De hecho, tentación es trampa, engaño: hace percibir exactamente lo contrario de lo que se presenta, pero que aparece atrayente, ocultando su falacia.
La necesidad va de la mano con el deseo: requiere satisfacción: pero no es preciso que sea inmediata ni que llegue a la hartura, como pedida la premura e insaciabilidad del deseo. Es verdad que el hombre es un “ser-de-necesidades”, pero no sólo. La sociedad de consumo parece sugerir que si no satisfacemos todas las necesidades inmediatas seremos desgraciados. No nos guiamos por el “principio del placer”, como los niños, sino por el “principio de realidad”.
La hartura no es vida. Jesús muestra qué alimento es capaz de dar vida: el suyo; celebrar la Eucaristía es dar la vida, darse a los demás...
5. “Dichosos los misericordiosos”
Aquí se aborda el problema de la propia imagen. Misericordia no se puede tener, sin haber experimentado la miseria.
Jesús fue un hombre como tantos, por lo que puede “hacerse cargo” de nuestras miserias, al haber experimentado lo que es “estar por los suelos”:
- sale de Nazaret (lugar sospechoso),
- hace cola entre pecadores, para ser bautizado,
- sabe de humillaciones, pruebas, tentaciones, desprecios,
- el único sin pecado, Dios lo hace “pecado” por nos (2Cor 5, 21).
Lo más bajo es lo más universal y lo más accesible: Jesús fue por la vida haciéndose accesible a todos y acogerlos incondicionalmente. Desde “arriba” no se puede servir, con barreras, escalones o títulos (Padre, Maestro, Señor): para poder recuperar es preciso estar a la misma altura, sentirse hermanos e iguales.
Misericordia es “buscar”, “sanar”, “recuperar” lo perdido y enfermo, cercándose tanto que uno pueda ser confundido con quien se quiere recuperar.
Y además ha de hacerse sin imponerla, es decir, ofreciéndola libremente. Implicándose desde la conciencia de la propia fragilidad. El servicio es modesto y oportuno, respondiendo a un pedido de ayuda, sin imponer la propia visi6n de las cosas: desde una igualdad que posibilita la fraternidad.
La miseria y el pecado ayudan a encontrarse con la propia verdad (la culpabilidad objetiva hace crecer), con los demás y con Dios. Asumiéndolos, somos recuperados por El (obtenemos misericordia) y se construye la fraternidad.
Jesús denuncia la mentira y el pecado, pero no lo restriega en la cara; se echa de ver su misericordia porque lo disculpa como una ignorancia (“no saben lo que hacen”, “se cegó”, solemos decir...).
En definitiva, es hacerse cargo de la debilidad ajena para recuperar y responsabilizar, sin culpabilizar, ni degradar.
6. “Dichosos los limpios de corazón”
Enfoca el problema de la propia identidad: cómo nos relacionamos con la verdad. Una verdad que se basta a sí misma, y que no necesita justificación. La autenticidad reclama que haya coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. La tentación contraria es la de la apariencia: presentarse con una imagen que impacte con prestigio, poder o dignidad (cf. la 2. tentación de Jesús en Mt 43-7). Jesús con gran sencillez y firmeza desmonta expectativas grandilocuentes y falaces: la humildad es la verdad.
La identidad de Jesús va suscitando identidades personales, que saquen conclusiones por si y traten de ser totales en su verdad ( el corazón limpio, no sólo una parte).
La autenticidad es una tarea y un desafío. Todas las controversias con los fariseos tienen como telón de fondo la sinceridad del corazón: ellos querían ser “auténticos” cumplidores de la ley israelita, cayendo en una pureza “legal” (leguleya, podríamos decir). Se plantean las disyuntivas de cumplimiento:
externo-interno,
legal-espiritual,
“ciego” - “que verá a Dios ”.
La verdad pide cumplir la ley, pero no como letra, sino según el espíritu que la anima, que es siempre nuestro bien.
Y además, cumplir gratuitamente, sin caer en vanidad ni engreimiento, como la cosa más natural (atender necesidades ajenas sin protagonismos).
La dificultas mayor: tener el corazón embotado. La cerrazón no se puede atacar directamente, porque se refuerza: implica una certeza falseada.
Por la vida hay que ir con los ojos abiertos y limpios, sin dar rodeos, ni permitir programaciones, sino con actitud compasiva. La autenticidad no se justifica a sí, sino que sirve sin rodeos ni protagonismos (lo hace gratuita y desinteresadamente).
Se puede ir “ensuciando con mis ojos todo lo que miro”, pero también tratando de descubrir posibilidades de bondad y belleza a nuestro alrededor.
Los limpios no se enteran del bien que provocan a su derredor, pero Dios ve en lo secreto. El soberbio, creído, engreído, cae en lo esperpéntico y ridículo. Pero la sencillez es el arte del bien hacer, de lo ponderado. No es “simpleza”, sino lucidez del que sabe lo que quiere y ecuanimidad del que no pretende competir ni lucirse.
7. “Dichosos los que trabajan por la paz”
Hacer la paz no es no «meterse en líos. (¿los “pacíficos”?), sino algo activo, que hace falta a nuestro alrededor. La agresividad pretende eliminar al otro: trabajar “por la paz” supone posibilitar la convivencia en reciprocidad con el hermano = la paz. Es el don que Jesús nos deja para ofrecer, no imponer.
Paz para Jesús no es tranquilidad (ausencia de molestias o perturbaciones, como el que dice: “déjame en paz”...). Para El es poder vivir la reciprocidad de la fraternidad, superando conflictos y desaveniencias, para poderse encontrar.
Desacuerdo no es discordia. Coexistencia no es convivencia, ni concordia. La paz del mundo es más coexistencia o mera tolerancia, para poder “quedarse en paz”.
Jesús pide más: hacer la paz, que es tarea de posibilitar el encuentro desde el conflicto. Esfuerzo que no tiende al aislamiento, sino a la reciprocidad (a imagen de la Trinidad, que es comunidad de Personas: incorporación mutua: fraternidad objetiva: comunidad).
La máxima de oro es no dejarse vencer por el mal, sino vencer el mal a fuerza de bien (Rom 12, 21). La paz se da voluntariamente, no imponiéndola pues de lo contrario no hay recuperación ni reconciliación.
8. “Dichosos los perseguidosa causa de la justicia”
Jesús no buscó la persecución ni se hizo la víctima, no quiso ser ni mártir ni héroe, sino “uno de tantos”.
La persecución se da como consecuencia de su actitud con el Padre y con los demás: los fariseos no soportaron que pusiera al hombre en el mismo plano que a Dios, pues les parecía que situaba a Dios al servicio del hombre, relativizando la ley en la medida que servía para la salvación
De hecho, el detonador de “su” persecución fue una tontería: le condenan por miedo (la “seguridad nacional”), aunque la verdadera razón era que atentaba contra la seguridad “personal” en que estaban apoyados.
La vida no sólo debe darse por razones sublimes, sino en la misma sencillez de lo cotidiano: todo se convierte en posibilidad de una gran oportunidad de salvación.
Ante Pilato apareció como un rey de burla: es la culminación de la kénosis. Y esa es la VERDAD: el hombre es rey cuando sin pegatinas ni máscara queda desnudo con lo que es: un HOMBRE.
Dios no es lo que proyectamos nosotros, sino lo que nos sorprende, desborda y desmantela nuestras seguridades y cinismos (“no eres amigo del Cesar...”).
Hemos de estar preparados a lo que el mundo quiera hacer de nosotros: si odió al Maestro, nos puede odiar, expulsar de la Sinagoga, matar pensando que se da culto a Dios: lloraremos, pero luego la tristeza se convertirá en alegría.
El sufrimiento propio nos hace solidarios del de los demás. Somos los del último lugar: en nuestra realidad concreta se ventila nuestra salvación.
Aceptar la invitación de Cristo
Acoger la tercera invitación: “reposa”, implica zambullirse decididamente en la experiencia. Pero eso no toca ya solamente el retiro, sino a la vida misma. Por eso les dejo con la inquietud de hacerlo todos los días de su vida.
Amen.
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