Mi Testimonio de San José
Nidia Díaz de Fleury
"Y tomé por abogado y señor al glorioso San José,
y encomiéndeme mucho a él.
Vi claro, que sí de esta necesidad,
como de otras mayores de honra y pérdida de alma,
este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabia pedir.
No me acuerdo, hasta ahora,
haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer.
Es cosa que espanta las grandes mercedes que me haya hecho Dios
por medio de este bienaventurado Santo,
de los peligros que me ha librado,
así de cuerpo como de alma"
(Vida de Santa Teresa de Jesús, capítulo VI, párrafo 5).
Creo que se grabó en mí la devoción a San José, desde cuando leí la vida de Santa Teresa de Jesús. Comparto aquí algunos de los momentos que ahora recuerdo en que he visto más patente la protección e intercesión de este gran Santo.
España
Un momento decisivo en nuestra vida fue la salida de Madrid, España, donde estábamos instalados con todo tipo de seguridad.
El 19 de marzo de 1982 -Fiesta de San José-, salimos de allí respondiendo a una "supuesta" llamada del Señor. Sólo cuando ya estábamos en el avión a unos miles de metros de altura el Señor hizo pasar por mi mente, como si fuera una película, mostrándome cómo, durante esos años en España, él había estado conmigo en cada momento, e incluso me había dado un esposo como presencia visible de su amor El Señor trajo a mi memoria la cita de Juan 8, 12: "Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no anda en tinieblas". Recibí esta cita doce años antes en el barco que me llevaba a España.
La Romana
Nosotros llegamos a la Romana en Julio de 1982, donde el Padre Emiliano había encontrado una casita para nosotros muy cerca de la parroquia San Pablo.
Cada mes encontrábamos debajo de la puerta de la casa un sobre con una cantidad en efectivo. Nunca supimos de dónde vino este dinero, pero lo vimos como un signo de la providencia divina a través de San José.
En noviembre del mismo año tuvimos la primera reunión de los ocho primeros miembros de la Comunidad.
El Hogar "Paz" en la Capital:
A principios del año 1983 -dado los tantos viajes que tuvimos que hacer acompañando al P Emiliano a los retiros, y llevando el ministerio de libros y casetes-, nos dimos cuenta que teníamos que trasladarnos a la capital.
De nuevo encomendamos a San José este cambio. Que nos ayudara a encontrar una casa cerca de los M.S.C. en Los Prados, cosa que, según nos dijeron, no era posible. Pero en marzo ya estábamos instalados a tres minutos del "Amigo del Hogar".
Toda necesidad de casa, libros, casetes, etc., pedimos al Señor por intercesión de San José, hasta la edición del primer librito Sígueme: "Dios mío, necesito algo" de Georgie Prizio, y él no se hizo esperar.
La Casa de la Anunciación
Cuando ya el "Hogar Paz" en Los Prados resultó pequeño por el crecimiento de la Comunidad, salimos los Siervos a ver lo que hoy es la Casa de la Anunciación.
Mientras recorríamos esta casa vacía yo pedí a John dibujar un "San José" y esta imagen la deposité en el agujero de una ventana de lo que [era la primera] Capilla de Adoración en la Casa de la Anunciación.
El 19 de marzo de 1985 -fiesta de San José-, bendecía esta casa Monseñor Nicolás como sede de la Comunidad Siervos de Cristo Vivo, y una semana más tarde se abrió la Casa, y se empezó la adoración del Santísimo en la Fiesta de la Anunciación. Como siempre, José y María trabajando juntos para dar paso a su Hijo.
La Casa de la Visitación
Con la fuerza del Espíritu Santo -quien es el Espíritu del Dios Vivo y, a la vez, un espíritu comunitario-, la Comunidad Siervos de Cristo Vivo, después de mucha oración, decidió abrir una casa en Nagua, la cual se abrió el 19 de marzo de 1986 -fiesta de San José-, con la presencia del Señor Obispo de la Diócesis de San Francisco de Macorís: Monseñor Moya.
La Casa de Belén
La Casa de Belén es la que tiene la relación más estrecha con San José de todas nuestras casas, porque ellos experimentaron físicamente la "cueva de Belén" en San Francisco de Macorís, abriéndose en principio en un viejo local en la calle El Carmen -donde había funcionado una heladería-, que era tan pequeña, tan pequeña, que todas las actividades de la Casa tuvieron que hacerse fuera de la casa misma.
La Casa de Emaús
En 1990, estando en Santiago con la familia que nos había donado una casa para la Comunidad, compartimos la dificultad de hacer salir los inquilinos para que los Siervos pudieran habitar aquella casa. Contamos de cómo San José se había siempre encargado de cada Casa de la Comunidad. Cuando el Sr Álvarez oyó hablar de San José, recordó cómo sus abuelos tenían una gran devoción a este santo, y de inspiración recordó también de la casa al lado donde vivieron. Sin más, el Señor Álvarez invitó al Padre Emiliano a pasar a la casa vecina, y le ofreció como la nueva casa para la Comunidad en Santiago: la Casa de Emaús.
La Casa de la Inmaculada
En el año 1992, cuando en la casita de la Inmaculada en Pimentel no cabían las persona, motivé a los siervos “pimenteleños” a entregar a este gran amigo de la Comunidad una futura casa más grande. Así como él se ocupó de cuidar y encontrar un lugar seguro para Jesús y María, de la misma manera lo haría en Pimentel.
De tal manera San José actuó que lo que es hoy la Casa de la Inmaculada -propiedad de la Comunidad-, está frente al oratorio de San José en la calle Altagracia de Pimentel!
La Escuela de Evangelización
Cuando se me encomendó encargarme de la apertura y dirección de la Escuela de Evangelización le dije a San José: "Mira, esto es mucho. Como a ti Jesús te escucha -pues tú le hiciste de padre en la tierra-, en tus manos pongo este proyecto" y así fuimos reconstruyendo el edificio, buscando los muebles, los estudiantes, los profesores y el dinero para unir todo como una escuela.
Como “botón de muestra” de las múltiples manifestaciones de la intervención de San José en la inauguración de la Escuela, permítanme contar de la pintura:
Un día estaba a la entrada de la Casa de la Anunciación, compartiendo con San José de que necesitamos 200 galones de pintura para la Escuela, porque quedó feo por las muchas reparaciones. En esto vino desde la calle un hermano que preguntó qué hacía yo. Contesté, repitiendo lo que acababa de decir a San José. Sin más, él se comprometió de que a la misma hora del día siguiente estarían los 200 galones, y así fue.
Mientras daba gracias a Dios por la pintura, recordé a San José que faltaba un renglón todavía: cómo transportar 200 galones de pintura hasta la Escuela. En este momento llegó una hermana que me preguntó para qué eran estas cajas. Le dije que iban a la Escuela. Sin más, me dijo "Pero necesitas un camión", fue al teléfono, y una hora más tarde la pintura estaba en camino hacia la Escuela.
La humildad, el anonimato y el silencio de San José
Un detalle final: en el día de la inauguración de la Escuela decidimos sacar las imágenes de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y de San José para hacer acto de presencia en la Eucaristía inicial en el patio, con Monseñor Abréu.
Pero al último momento -ya demasiado tarde-, me di cuenta de que ¡San José no estaba!
Más tarde le encontramos escondido en un cuarto entre los escombros y las latas de pintura. Como siempre, en su humildad, San José había optado por el anonimato y el silencio, disfrazándose como un obrero más, dejando la gloria y el aplauso a su hijo.
Creo, sin embargo, que nosotros los Siervos no podemos dejarle escondido, porque las cualidades de San José son precisamente las que hacen un Siervo de Cristo Vivo. La lección de humildad que nos dio San José fue muy grande. Él es maestro de vida interior.
Hoy día, en la Escuela, encontramos a un lado y otro de la capilla La Virgen y San José, los dos mostrando el camino hacia su hijo Jesús en el Sagrario.
¡San José, consígueme de Jesús la imitación de sus virtudes, y el deseo de la perfección!
El Siervo marzo 1993, No. 34
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