sábado, 7 de septiembre de 1996

El Muro de las Lamentaciones

El Muro de las Lamentaciones 

El Muro de las lamentaciones.  
En primer plano: los turistas y curiosos.
Tras la barrera: la zona para los que quieren orar.
A la derecha, la elevada para llegar al complejo religioso de lmezquita de Al-Aqsa 
y la 
Cúpula de la Roca.

El sábado 7 de septiembre, 1996  llegué al muro de las lamentaciones - enorme, sólido, alto, con el peso de los siglos en sus grietas y las superficies arrugadas de sus piedras.  Los judíos con telamín en sus frentes y cuernos de ovejas en sus manos, libros y cantos, gritos y las inclinaciones rápidas típicas.  Los turistas con cámaras, gorras, acentos y curiosidad.


Sin más, dejé el grupo y, pasando la barrera, me acerqué a la muralla como un pescador que vuelve a casa.  En seguida las dos manos planas en la pared, y la frente descansando en el frío de la piedra.
Todos mis estudios, mi preparación, mi anticipación quedaron como poca cosa.
Sentí el enorme peso de la presencia de YAHVÉ, el Dios de Israel: “Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”.  El peso de siglos de oración, de intercesión, de confiar solo en Él.


Sentí también la pesada acumulación de pecados a través de los siglos: el destierro, la diáspora, la expulsión, el holocausto; y a través del mundo: la “opción” por el aborto, la influencia de la pornografía, los multinacionales de la droga.
Luego sentí el peso de mis propios pecados, traiciones, incumplimientos y omisiones...  y de repente las lágrimas corrieron por mis mejillas, y me encontré llorando con el mismo Cristo por el pecado del mundo, e intercediendo en lenguas.

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