1. Prefacio
Nosotros creemos que Cristo está vivo.Juntos queremos servirle,amándole y dejándonos amar por Élprimero en la adoración,después en la proclamación de su Buena Nueva,con el deseo - finalmente - de transformarnos en Él.
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En la reunión de los “ocho”
con Padre Jorge, Mons. De la Rosa y Padre Emiliano,
el 8 de enero de 1998, en Casa de Campo, La Romana,
Nidia, la Directora General de aquél entonces,
insistió que María recogiera las ideas y redactara
el texto de lo que hoy llamamos “La Visión Fundacional”.
2. Visión fundacional
§ 1 El Sagrado Corazón de Jesús
La Comunidad está presidida por el Corazón de Jesús. Al contemplar su corazón vemos el amor que él tiene por todos sus hijos.
De esta contemplación brota nuestra vocación de amor a los demás: “Sin mí nada podéis hacer” nos dice el Señor, por eso sentimos una necesidad de consagrarnos a El, a su Sacratísimo Corazón. Va a ser esta consagración diaria, junto a una vida de unión profunda, lo que nos protegerá contra todos los males que quieran destruir la Comunidad. Su Sacratísima Sangre nos cubrirá y su Cuerpo Santísimo nos alimentará. Por esto se recomienda recibir la Eucaristía frecuentemente.
§ 2 La Paz
En Mateo 3, 13-17 se escucha la voz de Dios cuando dice “Este es mi Hijo muy amado, escuchadle”. Los Siervos de Cristo Vivo quieren también ser llamados hijos de Dios. Por esto el Siervo de Cristo Vivo será una persona que viva para la paz. “Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados Hijos de Dios”.
Su misión será pacificadora en todo momento. Serán aplicación de la paz y precisamente por esta paz en sus propias vidas serán reconocidos. El Siervo de Cristo Vivo al vivir una vida de paz estará predicando con su vida. Vida personal y comunitaria de paz. Por eso no se conciben en esta Comunidad ni los chismes, ni las peleas, ni las ofensas, ni las murmuraciones entre sus miembros.
La Comunidad toma como patrón a San Francisco de Asís, por su Espíritu de paz y porque con su vida trató siempre de reflejar el Evangelio de Jesús.
Los miembros de esta Comunidad son pues, imitadores de Cristo que es el Hijo de Dios. Nuestro espíritu tiene que ser pacificador.
§ 3 El Espíritu Santo
La espiritualidad del Siervo de Cristo Vivo lo llevará a vivir una vida profunda en el Espíritu, consciente de que la transformación nos viene por la acción del Espíritu Santo en nosotros.
El Señor llama a los miembros de esta Comunidad a dejarse transformar en lo más profundo de la mente por la acción del Espíritu Santo de modo que lleguen a ser Presencia de Cristo en el mundo.
A medida que vayamos dejándonos transformar por El, iremos siendo cada vez más transparentes y la gente podrá conocer más a Dios a través nuestro. Por el contrario nosotros podríamos llegar a ser una barrera entre Dios y los hombres. “Subía a una montaña y detrás de mí venía una gran multitud. Ellos trataban de ver el sol, pero yo con mi cuerpo se los impedía”.
Los Miembros de la Comunidad mantendrán, como obra del Espíritu, una unión tan grande como “un grupo que cabe en un pequeño espacio”. No se molestan unos a otros. No se rechazan, y no tratan de hacerse los importantes, tomando el espacio de los demás.
Para ayudarnos unos a otros en esta transformación, los Siervos de Cristo Vivo tendrán como obligación la corrección fraterna. Tanto el darla como recibirla. Nos ayudará la oración de los unos por los otros.
§ 4 La autoridad del Obispo
Consideramos muy importante la sumisión a la autoridad del Obispo por lo cual todos los planes de la Comunidad se someterán para su consideración y aprobación.
§ 5 Nuestra Señora del Sagrado Corazón
Se destaca la Devoción a la Santísima Virgen por lo cual cada día, en las oraciones, junto a la Consagración al Corazón de Jesús, se pedirá la intercesión de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.
§ 6 El respeto mutuo
“El que ama mucho es capaz de hacer grandes sacrificios por el Amado”
En la Comunidad es necesario un respeto mutuo. La vida comunitaria exige un respeto de las ideas de cada persona. Al producirse este respeto, cada persona someterá a sí misma sus propios deseos. Este sometimiento hará crecer a las personas en una mutua sujeción que, guiadas por un mismo Espíritu, las llevará a una unidad de corazón. El respeto mútuo lleva a una anulación de los caprichos personales y a un crecer en la preocupación por satisfacer las verdaderas necesidades de las demás personas.
De esta manera se van deshaciendo de una serie de patrones extraños a la vida comunitaria que han adquirido a través de una sociedad individualista.
§ 7 El anonadamiento
Esta vida de desecho de los propios caprichos irá llevando poco a poco a los individuos a un anonadamiento espiritual necesario para ser llenado por el Espíritu de Amor del Señor. Por contrario que parezca, el anonadamiento lleva a la persona a la procura de la propia felicidad pues hay “más felicidad en el dar que en el recibir”.
Precisamente la esencia del amor es la comunicación. En la complacencia de los propios caprichos estriba la infelicidad del hombre, porque este deseo creciente de complacencia le llevará a un profundo egoísmo que es separación del mismo amor.
Si la esencia del amor es comunicación, la esencia del egoísmo es la concentración en sí mismo de cualquier sentimiento amoroso. Un contrasentido para lo que es el amor.
En este anonadamiento por amor está la esencia del Siervo de Cristo Vivo.
§ 8 El “Siervo de Cristo Vivo”
No deben separar la palabra “siervo” del concepto de “Siervo de Cristo Vivo”. El siervo del mundo actúa como siervo en base al egoísmo de otros hombres sobre él. Por eso el siervo del mundo es un hombre oprimido, preso. Pero el “Siervo de Cristo Vivo” es aquel que se somete voluntariamente a ser preso de amor, a imitación de su Maestro, preso y condenado a muerte por amor.
El “Siervo de Cristo Vivo” no es un título o nomenclatura que se da a una persona. Es una forma de vida.
Un anonadamiento o muerte constante de la propia vida que se ofrece voluntariamente a cambio de una resurrección como Cuerpo de Cristo. Por eso el Siervo de Cristo Vivo llegará a ser Presencia viva de Cristo en el mundo.
Una persona que no mantenga este espíritu de anonadamiento o muerte a los propios caprichos no podrá reflejar en su perfección la Imagen de Cristo. Estará verdaderamente entre Dios y los hombres, pero impidiendo, con su forma de ser, que los hombres contemplen verdaderamente a Dios. Aquí se recuerda la anterior “visión de John”.
La vida de anonadamiento conlleva una muerte del propio yo: “yo quiero”, “yo deseo”, “yo hago”. Al resucitar el Cristo en la persona, el propio yo se cambia a: “Cristo quiere”, “Cristo desea”, “Cristo hace”.
En la vida del Siervo de Cristo Vivo se realiza la Palabra: “No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”.
Se recuerda aquí una visión donde se nos ve como si fuéramos alfombras por las que todo el mundo pisa. Es la actitud de humildad del Siervo de Cristo Vivo que no impone sus caprichos ni sus ideas. Se hace notar que al lado de la alfombra corre una agua sucia y en la visión se le avisa al Siervo de Cristo Vivo de no dejarse contagiar. Esto sugiere que la vida de anonadamiento debe ser un constante ejercicio porque fácilmente podrá uno contagiarse con la vida pasada de individualismo.
§ 9 Propónganse a amar mucho
“Ustedes son como corona para mi cabeza. Mientras unos se afanan por acumular riquezas, ustedes se afanan por acumular tesoros para el reino. Ustedes son mi regocijo. Ustedes son mi consuelo.
Consuelo para mi Corazón, olvidado por los hombres. La obra que les encargo es por eso, una obra de amor. Porque solo el amor puede llegar a los hombres que me han dado la espalda y caminan por sus propios caminos.
— Señor, tengo miedo en empezar una obra tan grande,
— Miedo deberías tener, si estuvieras sola. Comprende que esto es obra mía. Obra de mi Sacratísimo Corazón que está siempre latiendo por los hombres. Mi amor no se cansa. Mi amor no se apaga. Mi amor se renueva a cada instante.
Mi amor es como fuego ardiente que quema lo más íntimo del corazón del hombre.
De ustedes quiero que vivan una vida de amor.
No les pido que hagan muchas cosas, pero sí, les pido que amen mucho. Que amen hasta que se les destroce el corazón como yo dejé que destrozaran el mío.
— ¿Qué si les dolerá el amar? No teman. Que yo estoy con ustedes. En mí encontrarán la fuerza para amar como yo les amo.
Se que les da miedo, pero delante de corazones de sanados, así podrán ustedes sanar a otros. Un ciego no puede guiar a otro ciego, y las heridas de sus corazones a veces los obligan a hacer cosas que ustedes no quisieran hacer. Yo quiero sanar sus corazones, primero por que los amo y segundo porque quiero usarles a ustedes para sanar a muchos que necesitan ser sanados. El que ha conocido la compasión, es compasivo. El que ha sido consolado sabe consolar. Al que ha recibido el amor, le será fácil amar. El que no ha recibido nada, nada tiene. Quiero llenar sus corazones de mi amor, de mi compasión, de mi perdón, de mi consuelo. De esta manera les estaré preparando para salir al mundo. El que me conoce, habla de mí. El que no me ha conocido, de nada puede hablar. Yo quiero que me conozcan y la mejor manera de hacerlo es ustedes tengo un pueblo dolorido al que quiero consolar con mi Corazón Amoroso. Mi corazón es toda mi persona. El que se da, el que consuela, el que renueva. Mi persona que se entrega y que redime y vivifica.
Esta es una obra de mi amor. El que siempre les acompaña.
No se propongan a hacer grandes planes. Propónganse a amar mucho. Pocas cosas, pero lo que hagan, háganlo en amor.”
§ 10 “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”.
— Señor, me siento tan pequeña ante tí. ¡Tan pobre!
— Es bueno que te sientas así. Solo el que se siente pequeño está dispuesto a ser llenado por mí. Aquel que confía en su propia grandeza es esclavo de sí mismo. Su grandeza lo aplasta y lo incapacita para recibir los dones que vienen de mis manos.
El pobre es consciente de su necesidad. El que se cree rico piensa que en su riqueza todo lo tiene, cuando no tiene nada.
El que te sientas débil te hace capaz de abrirte a la fuerza amorosa de mi Espíritu.
El que te sientas pequeña te habilita a buscar todos los medios para crecer en mi Presencia.
El crecimiento que yo quiero para ustedes es la vida de unión conmigo. Solo una vida unida a la mía hace crecer al hombre. Unión de pensamientos, unión de corazón, unión de deseos, unión de trabajos. Una vida unida a la mía recibe el alimento que la hace crecer, mover y vivir en perfección.
(Veo la hora, tengo que ir a buscar a mi hija).
— Señor, perdóname. Tengo que irme.
— Me voy contigo.
— ¡Gracias Señor!
§ 11 “Orad los unos por los otros, para que seáis curados”
“Dediquen la reunión a orar los unos por los otros”.
“De acuerdo a como estén sus corazones de sanados, así podrán ustedes sanar a otros. Un ciego no puede guiar a otro ciego, y las heridas de sus corazones a veces los obligan a hacer cosas que ustedes no quisieran hacer. Yo quiero sanar sus corazones, primero por que los amo y segundo porque quiero usarles a ustedes para sanar a muchos que necesitan ser sanados. El que ha conocido la compasión, es compasivo. El que ha sido consolado sabe consolar. Al que ha recibido el amor, le será fácil amar. El que no ha recibido nada, nada tiene.
Quiero llenar sus corazones de mi amor, de mi compasión, de mi perdón, de mi consuelo.
De esta manera les estaré preparando para salir al mundo. El que me conoce, habla de mí. El que no me ha conocido, de nada puede hablar. Yo quiero que me conozcan y la mejor manera de hacerlo es experimentando mi amor sanador. El amor que se da y que restaura. Mi amor es la vida de ustedes. Ábranse a mi amor. Reciban mi amor.
§ 12 La Eucaristía
Adorando al Santísimo Sacramento, después de comulgar, escucho:
— Cielo que se une con la tierra.
Grandeza que se mezcla con la pequeñez,
Dios que desciende hasta los hombres...
El abismo que debió haber habido entre ustedes y yo ha sido salvado por mi amor y por mi gran misericordia.
¿Comprenden lo que he hecho cuando hace un rato he reposado en el cuenco de sus manos?
— En verdad, le digo, ¡Cuánto me has amado, Señor! ¡Ayúdame a aprender de tu humildad!
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3. Las tres dimensiones de nuestra vocación
Para comprender y vivir la vocación contemplativa y evangelizadora de la Comunidad, es necesario comprender y vivir la vocación a la transformación en Cristo.
Sólo un corazón contemplativo puede ser un corazón transformado, y sólo un corazón contemplativo y transformado, puede ser un corazón que evangeliza y proclama, en la fuerza del Espíritu, la buena nueva de Cristo Vivo y Resucitado. Transformación y evangelización sin contemplación son imposibles.
§ 1 La Contemplación
La contemplación es la fuente, el alimento, la garantía de la transformación que evangeliza. “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos, tocante al Verbo de Vida, es lo que anunciamos, a fin de que viváis en comunión con nosotros”.
Por eso, si eres Siervo de Cristo Vivo, necesitas un corazón contemplativo, un corazón que escuche, un corazón que obedezca, un corazón que sea transformado. Necesitas ser un corazón que ora. Y la oración está ya dentro de ti, porque el Espíritu Santo habita en ti. Descubre su presencia en tu interior. No apagues el Espíritu. No entristezcas el Espíritu. El viene en ayuda de tu debilidad e inspira la oración en ti.
Ante todo y sobre todo, la oración personal. Tú a solas con Jesús, cortando toda otra comunicación y dando generosamente el tiempo para el encuentro a solas con El. Sentarte a los pies de Jesús como María; caminar con Jesús, camino de Emaús, y dejar que El te explique las Escrituras, y quedarte con El, y reconocerle en la Fracción del Pan; dar tiempo para ir tras Jesús, como Juan y Andrés, ver donde vive Jesús, y quedarte con El desde aquel día, y anunciar luego, lleno de gozo, a todo el mundo: “¡hemos encontrado al Mesías, a Aquel de quien hablaron los profetas en los Salmos y en todas las Escrituras!”
Pero además de la oración personal, la oración comunitaria en sus diversas formas. La vocación a la fe y, por tanto, a la oración, es profundamente personal pero es también profundamente comunitaria. El Señor te llama a ti, por tu nombre, a existir y a existir como hijo de Dios, y sólo tú puedes darle esa respuesta, pero te llama en familia, en comunidad de fe. La fe la vivimos personalmente pero en la comunidad, que es la Iglesia.
Y en la oración comunitaria, tiene el primer lugar la oración litúrgica, que culmina con la celebración de la Eucaristía, fuente y cumbre de toda la vida cristiana y a la cual están ordenados todos los demás sacramentos. Imposible ser un Siervo de Cristo Vivo sin la participación asidua en la Santa Eucaristía. De Ella proviene todo el bien espiritual de la Iglesia, y no hay comunidad posible sin su celebración. Luego, la oración de las Horas, con el rezo diario al menos de los laudes por la mañana, o de vísperas al atardecer.
La Comunidad Siervos de Cristo Vivo no puede “permanecer fiel al misterio de su nacimiento” si no permanece fiel — viviendo por la oración su vocación contemplativa — a los sentimientos del Corazón de Cristo en los que tiene su origen, su fuerza y su vida. Solamente puede proclamar el Evangelio “en el Cenáculo y desde el Cenáculo”, es decir, en la fuerza del Espíritu, si permanece fiel a su vocación primera, la oración y la contemplación. Sólo un corazón contemplativo y transformado puede ser un corazón evangelizador.
§ 2 La Evangelización
La segunda dimensión de nuestra vocación es “La evangelización, a través de todos los medios, como testigos de Cristo Vivo”. La Comunidad participa así, conscientemente, de la vocación de toda la Iglesia que, en palabras de Pablo VI, “existe para evangelizar”, un evangelizar que es fruto del “ser llamados para estar con El, y para ser enviados a predicar con poder”.
“Sólo un corazón contemplativo y transformado -decíamos anteriormente-, puede ser un corazón que evangeliza y proclama en la fuerza del Espíritu, la buena nueva de Cristo Resucitado”. Y la experiencia de la Comunidad es, en este aspecto, como en tantos otros, una experiencia llena de gozo y de humilde acción de gracias y, a la vez, profundamente comprometedora para el futuro de mayor fidelidad a esta triple vocación.
Verdaderamente “el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” y, por eso, brota de nuestro corazón una honda acción de gracias por la forma superabundante en que ha confirmado con sus frutos esta vocación evangelizadora.
El Papa Pablo VI afirma categóricamente que “la Iglesia existe para evangelizar”. Lo mismo podemos afirmar de la Comunidad Siervos de Cristo Vivo: “La Comunidad Siervos de Cristo Vivo existe para evangelizar”. “Nosotros - podrían decir los Siervos de Cristo Vivo - debemos atender a la oración y al ministerio de la Palabra”.
§ 3 La Transformación en Cristo
La vida nueva en el Espíritu es fruto de la transformación en Cristo y, a la vez, la transformación en Cristo es fruto de la vida nueva en el Espíritu. En el fondo, vida nueva y transformación se identifican. Ambas provienen del Espíritu. Ambas son presencia viva de Cristo. Ambas son anuncios de evangelio, y evangelio vivo.
La primera finalidad de la Comunidad Siervos de Cristo Vivo, según los Estatutos es “la búsqueda de una relación personal con Jesús presente en la Hostia Consagrada, en la contemplación, a través del esfuerzo continuo de cada Siervo para llegar a la transformación en Cristo”. Y cuando los Estatutos hablan de las características del Siervo dicen: “Cada Siervo tratará de llevar una profunda vida en el Espíritu, consciente de que la transformación nos viene por la acción del Espíritu Santo”.
Por tanto cada Siervo se compromete a aspirar consciente y permanentemente a que toda su vida se vaya transformando radicalmente, es decir, desde sus raíces, hasta llegar a ser, aún en medio de la inevitable debilidad y pobreza nuestra, una presencia viva de Cristo por la acción del Espíritu Santo.
a) Ser un siervo de todos.
En Samaná, en noviembre de 1982, el Señor nos habló claramente: “Yo no los llamo ‘siervos’ como el concepto que tiene el mundo. El siervo para el mundo es un hombre-esclavo. Es un hombre que es siervo por el egoísmo de los demás. Pero el Siervo de Cristo Vivo es un siervo que se ha hecho esclavo voluntariamente. Es siervo por amor, que no es lo mismo. Por eso, no separen la palabra ‘siervo’ de la nomenclatura ‘Siervos de Cristo Vivo’ ”.
Hay que entender que no quisiéramos menospreciar el título de “amigo” ofrecido por el Amigo que nos había dado a conocer todo lo que había oído de Su Padre ; pero con San Agustín, estamos diciendo: “Tú puedes llamarme amigo, yo me reconozco siervo”. Estamos voluntariamente haciéndonos esclavos. No rechazamos el honor de ser llamados amigos, pero preferimos elegir un honor más grande todavía: de ser siervos de Él, que vive para siempre. ¿Hay algo más grande que servir al Dios vivo?
b) Como reflejo de la presencia viva de Jesucristo en el mundo.
Todavía, hoy día, existe la tentación de revestir a Jesús con las expectativas nuestras. De allí hay sólo un paso para poner en marcha nuestras propias expectativas, creyendo que somos un “reflejo de la presencia viva de Jesucristo en el mundo”, y destruir lo que más amamos. Es aquí donde el ejemplo de nuestro patrono, San Francisco de Asís nos ayuda: su afán de imitar a Jesús no tiene tanto que hacer con la radicalización de su estilo de vida, como con la radicalización de su vida de oración. Se dice que: “no era tanto un hombre de oración, sino la oración hecha hombre”.
La diferencia está precisamente en esta característica de la oración en San Francisco, este reconocer que hay un mundo más allá, donde vive el Creador, el Todopoderoso para quien nada es imposible, donde vive Dios. Y así nosotros los Siervos, mientras estamos en el mundo, estamos invitados a ser luces del mundo, con una luz que emana del mismo Cristo, Luz del mundo, y que nos llena y nos ilumina a través de nuestra vida de oración. Solamente así - llenos de la luz recibida en oración - podemos nosotros iluminar el mundo a nuestro alrededor; llevando luz a las tinieblas, no tanto por nuestras obras, sino por nuestra presencia. Una presencia impregnada con los frutos de la oración, del escuchar y obedecer a la voz del Cristo vivo.
c) Su misión será pacificadora en todo momento y su vida será la construcción y aplicación de la paz.
El único signo seguro de la presencia de Jesús es “paz”. Cualquier otro signo podría ser imitado por el enemigo, pero “la paz que sobrepasa todo entendimiento” es inimitable. Es exclusiva de Jesús. Sólo se experimenta la paz verdadera cuando Jesús hace acto de presencia, diciendo: “La paz sea con vosotros”.
¡La Paz es Jesús!
Jesús no solamente nos bendice con su paz, sino que nos la entrega: “mi paz os dejo , mi paz os doy”, y nos manda que, a la vez, la entreguemos a los demás: “En la casa en que entréis, decid primero: ‘Paz a esta casa’ ”. Es que Jesús “vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca” “a fin de ... guiar nuestros pasos por el camino de la paz”.
La insistencia en esta paz es tanta que San Pedro - en la casa de Cornelio - resume toda la evangelización en una frase: “Dios ... ha enviado su Palabra ... anunciando la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo”.
Y San Pablo se hace eco de la misma idea, diciendo: “¡En pie! pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz ”.
Es por esta razón que nosotros, como Siervos, estamos motivados a tomar el papel de “instrumentos de la paz”, y actuar como intercesores para promocionar justicia, perdón, reconciliación, y misericordia. Porque nuestro anhelo es la construcción y la aplicación de la paz. Pues “el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo”. “Procuremos, por tanto, lo que fomente la paz ”.
d) El que mucho ama es capaz de hacer grandes sacrificios por el amado.
He aquí el corazón de la identidad y la característica principal de un Siervo de Cristo Vivo. El concepto de la radicalidad del amor en el servicio incondicional, a base de una profunda vida de oración.
En esta donación por amor de todo lo que somos y todo lo que tenemos, hasta la vida misma, está la esencia del Siervo de Cristo Vivo: “...el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.
Es como si estuviésemos en una carrera al revés, en la cual, por amor a los demás y para que nadie se sienta mal, haríamos todo lo posible para que todos los demás ganen. Una carrera de amor en la cual nos esforzamos a ser los últimos, con el premio de gozar al ver los demás ganar.
Jesús mismo lo explica mejor que nadie: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros”.
e) Anonadamiento
La esencia de la espiritualidad de los Siervos de Cristo Vivo se encuentra en la palabra “anonadamiento”. La vocación de un Siervo es, en el fondo, aniquilarse a sí mismo, abatir su personalidad y opacar su presencia para que no se note, ni se le vea, sino que sea Cristo en él, mostrándose al mundo.
No es un aniquilamiento enfermizo, buscando sufrir por sufrir. Es más bien el grito gozoso del salmista “¿Qué le daré al Señor por todos los favores que me ha hecho?”.
Es como si fuésemos transparentes y sin sombras. “Transparentes”, para que no seamos ni obstrucción ni interrupción entre el prójimo y Cristo vivo. “Sin sombra”, porque pretendemos no tener ni peso ni volumen, ni ocupar espacio alguno; reducirnos a la nada donde nuestra misma existencia solamente se entiende en relación con el servicio a Cristo vivo. El piropo que buscamos oír es: “parece que no tiene sombra”.
Nuestra llamada va mucho más allá que el “anonimato” que solamente busca esconder nuestra identidad. Va hacia el anhelo de dejar atrás todo lo que somos, y alcanzar la meta de San Pablo : “...ya no vivo yo, sino es Cristo quien vive en mí”.
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